Crónica: Un responso para Juliaca

masacre de juliaca - uyariy - 2026

El viernes fueron al aeropuerto de Juliaca. Al lugar donde cayeron los dieciocho, uno detrás del otro. Despojados de calma y de su razón de ser. En el camino arengaron sin parar. Les quitaron a sus hijos, a sus esposos, a sus esposas, a sus hermanos, a sus padres. Desde entonces no tienen calma. En estos tres años no han olvidado.

Julia Pacci está callada junto a la cruz que lleva su nombre. Tiene pegada una foto de ella en una cama, con parches en el cuello. Una bala se le quedó pegada cerca de la vena yugular. Mario, con la cara cansada de haber ido y vuelto entre la noche de ayer y la madrugada de hoy a su pueblo en Pusa, trajo un ataúd de cartón con el nombre de su hijo, Reynaldo Ilaquita. Rony Rodríguez se abraza a su foto como queriendo consolarse del dolor que le dejaron los perdigonazos que le rompieron el cráneo. El señor Gustavo sostiene la foto de su hijo asesinado, Ghiovanni Gustavo Illanes

El sol está a pleno. Quema. Han salido de la parroquia Pueblo de Dios, que más temprano olía a flores frescas, a velas y a papel recién pintado. Allí se habían reunido los familiares y sobrevivientes del 9 de enero. Los sobrevivientes colocaron cruces con sus nombres y sus fotos en el enrejado de la parroquia.

—Se me hinchó la mano así —dijo Rony, y tocó su muñeca izquierda.
—A mi esposo todavía le sangra la cabeza que le rompieron —añadió Luzmery, su esposa.
—A mi hijo una bala casi le parte la mano —comentó Margarita Jara, madre de Moisés Vilca. A Moisés le arrancaron un pedazo de carne del codo de un disparo.

Era 9 de enero. Habían comenzado los actos conmemorativos por el tercer aniversario de la masacre de Juliaca.

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Dos días antes habían comenzado las actividades. El siete hubo una conferencia para denunciar la disolución del equipo de fiscales que investigaba los asesinatos del gobierno de Dina Boluarte. Por la noche, los deudos y sobrevivientes tomaron las calles y pegaron en postes y paredes el programa de lo que se venía después: en la salida hacia Cusco, en la de Arequipa, en la de Huancané. Cubrieron cada punto que conecta Juliaca con el Altiplano.

El ocho la actividad comenzó temprano en el Colegio de Abogados, a unos pasos de la Comisaría de Juliaca. Deudos y víctimas reunidos para un coloquio con especialistas en derechos humanos. Pero antes, Delia Espinoza, la suspendida fiscal de la nación, dijo en conferencia de prensa que ni la Fiscalía ni la Junta Nacional de Justicia garantizan imparcialidad. Subrayó que la disolución de la Eficavip afecta las investigaciones, por lo que la asociación debe estar alerta.

Los familiares de las víctimas llegaron al Colegio de Abogados llevando fotos de sus seres queridos y de las protestas. Dominga con la foto de su hija; Faustina con la de su hijo; Isabel con la de su hermano; Asunta con la de su hijo; Yuvana con la de su esposo… En el barrio la gente se detuvo. Se sacaron el sombrero o la gorra al paso de los deudos. Dejaron de hablar, de sonreír, de comer. Uno que otro se persignó. Sus caras se pusieron tristes.

Los deudos armaron un mosaico de la masacre en la antesala del auditorio del cuarto piso. Parado en medio de esas fotos, uno se siente rodeado de almas penitentes y ansiosas de justicia. Diría Cristina Rivera Garza que son los muertos indóciles: seres que, aun muertos, gritan para que las cosas no queden como están.

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El 9 la ciudad despertó con el rumor de las motos, las mototaxis y los autos. Los dueños de negocios limpiaban la puerta de sus locales con una solución de agua y jabón o barrían el polvo que había dejado el día anterior. Los mercados se movían en el juego de la oferta y la demanda. En la comisaría, policías caminaban en el ajetreo diario. Los familiares de las víctimas estaban juntos otra vez, como desde hace tres años.

Foto: José Víctor Salcedo. (Enero, 2026)

La misa comenzó en una parroquia con una sola cruz de madera en la pared, arriba del altar. Sin adornos de oro ni de plata. Sin cuadros costosos. Apenas tres fotos ampliadas: Jesucristo, la última cena, Jesucristo rodeado de niños. En un rincón del extremo izquierdo, en una hornacina, un nacimiento navideño pequeño.

En la misa hablaron los deudos y los sobrevivientes. Eran palabras que parecían responsos.

“Necesitamos que nuestros corazones tengan un poquito de paz. Aquel 9 de enero nos quitaron la mitad de nuestra vida”.

“El Estado que ha debido protegernos nos ha arrebatado la vida de nuestros seres queridos”.

“Vamos a seguir hasta que los responsables sean sancionados, desde Dina Boluarte hasta el último policía”.

Por su forma de pararse y de mirar, Raúl Samillán Sanga parece un hombre fuerte, sereno, tranquilo. Pero esta mañana se le quebró la voz.

—Estoy cansado, me siento agobiado, siento que ya no puedo más. Pero sigo acá —dijo el presidente de la Asociación de Mártires y Víctimas del 09 de Enero Juliaca.

El llanto peleaba por ganarle. La voz le temblaba. Calló un momento y se sentía que lloraba en silencio. Calló. Respiró. Respiró otra vez y volvió a hablar.

—Acá estamos nosotros, después de tres años. Nuestras madres con sus cuadros y los heridos con sus cruces. Para nosotros no ha pasado el tiempo y por eso seguimos de pie, luchando.

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En la tarde del ocho se estrenó, en horario inusual para un estreno, la película Uyariy, de Javier Corcuera. Pocas funciones: una en Cineplanet de Juliaca. Corcuera y la productora denunciaron un sabotaje encubierto. Amenazaron con retirar la película si no se proyectaba en el sur y si no se cambiaban los horarios en Lima. Al final, por las protestas, la empresa corrigió.

Uyariy recuerda la tragedia nacional alrededor de la masacre de Juliaca. Corcuera escucha a los deudos y sobrevivientes, a activistas y jóvenes. Al mismo tiempo se interna en la memoria histórica de las matanzas de tiempos pasados y de nuestros tiempos. La historia de tragedias que se repiten de tanto en tanto.

“Me acerqué a su oreja y le dije: por favor, vuelve a nacer”, dice la mamá de un chiquillo asesinado el 9 de enero. “¿Hasta cuándo vamos a seguir así?”, interroga la nieta de uno de los héroes de la rebelión de Huancho Lima.

Una balsa y un sacerdote guían la película. La balsa, como en el río Aqueronte de la mitología griega, llega a la orilla del lago Titicaca y se lleva las almas en forma de fotos. Los familiares lloran. El llanto y las emociones revientan en ese momento: Corcuera ha estado sembrando bombas emotivas minuto a minuto.

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Tercer año de la masacre policial contra civiles y menores de edad en Juliaca. (Foto: José Víctor Salcedo)

De la parroquia salió la marcha hacia donde comenzaron sus tragedias. En el camino me encontré con un sobreviviente que me dijo que, desde que le dispararon perdigones, se le ha cerrado el mundo y se le acabó la alegría.

Reynaldo Ilaquita fue el primero en ser asesinado, a la 1:45 de la tarde. Mario, su padre, cargaba el ataúd de cartón de su hijo. El sol era, a esas alturas, un oprobio, y el viento cálido levantaba una estela de polvo. Al paso de la gente, los vehículos frenaban. Los comerciantes salieron a verlos. Era como si todo se hubiera detenido por un pequeño instante.

A la una de la tarde la marcha llegó al aeropuerto.

A la hora en que, tres años atrás, había empezado el riego de sangre, llegaron al alambrado del aeropuerto. Allí pegaron con cinta cruces con los nombres de los asesinados y heridos. De ese lugar salieron los policías que iniciaron la represión que, en cinco horas o algo más, acabó con dieciocho vidas y dejó más de mil heridos.

Los sikuris cantaban coplas en nombre de los que ya no están. Las madres y los padres arengaban los nombres de sus hijos.

—Si estas calles hablaran, contarían nuestra desgracia, cómo nos mataron —decía un joven sobreviviente con un megáfono.

* Crónica publicada en alianza con el portal Huanca York Times.